El año económico empezó peor de cómo terminó, agravado por la incertidumbre que en estos días se ha instalado en relación a la continuidad del equipo económico “oficial”. La clave está en saber cómo hará el gobierno para reducir la brecha fiscal, pero —justamente— allí está la gran incógnita.
En mi última columna de 2012 en CORREO, luego de repasar los momentos claves del año en materia económica, señalaba: “Las grietas que estuvieron presentes en el modelo económico desde el principio, finalmente han hecho eclosión y ahora el gobierno —y el país todo— está en camisa de once varas”. Y tanto hicieron eclosión que el Poder Ejecutivo se ha transformado en un sangriento campo de batalla, desnudando no sólo la existencia de dos equipos económicos en pugna —ahora oficialmente— sino que el Frente Amplio ha sido una exitosa coalición electoral pero también una pésima coalición de gobierno.
A principios de febrero nos enteramos que 2012 cerró con un déficit fiscal de 2,8% del PIB (la meta era de 1,7%). Muchos han comparado esa cifra con la del año 2003, apenas un año después de la crisis de 2002, cuando el déficit alcanzó el 3,1% del PIB. Incluso el expresidente Jorge Batlle efectuó esa comparación. Pero el doctor Batlle ha sido injusto con su gobierno: en realidad, el 2003 terminó con un superávit primario de 3% del PIB, que devino en 3,1% de déficit después del pago de intereses de la deuda pública. En 2012, en cambio, el resultado primario, o sea, antes del pago de intereses, fue también deficitario: 0,1% del PIB. Y hay otra diferencia, que también señaló Batlle y es la más importante: en 2003 el país estaba convaleciente de la crisis del año anterior; en 2012, en medio de una etapa de bonanza, con recaudación tributaria “a paladas”.
Yendo un poco a los detalles, también hay otras diferencias: como el gobierno colorado llevó a cabo una política de austeridad fiscal, pudo darse el lujo de desarrollar una política monetaria expansiva, endeudándose menos en Letras de Regulación Monetaria y, debido a ello, evitando la caída del tipo de cambio. Esto último redundó en una mejora en la competitividad: medida por el tipo de cambio real, la competitividad mejoró un 24% en relación al 2002. Los dos gobiernos frentistas —y el segundo más que al primero— adoptaron una política fiscal expansiva, dejando a la política monetaria sin alternativas, pagando carísimo las Letras, y planchando el tipo de cambio, perjudicando así la competitividad de la economía.
La desesperación —por puros motivos político-electorales— es notoria en los ámbitos oficiales y oficialistas. El Presidente, que en abril de 2011 se había mostrado decidido a dar la batalla contra la inflación (“la inflación no pasará”, señaló entonces con saludable contundencia en su audición de M24), a principios de mes se descolgó con que con la inflación “no pasa nada” y que él se había criado en un país con 70% y 80% de inflación (le falla la memoria), procurando restarle importancia a uno de los principales problemas que tiene su gobierno entre manos.
En el equipo económico, a su vez, se empezaron a manejar ideas tabú, como la posibilidad de un ajuste fiscal de alguna naturaleza: “No descarto que en transcurso del año sea necesario tomar alguna acción a los efectos de ubicar el déficit fiscal en el objetivo deseado”, señaló al programa “Inicio de Jornada” de radio Carve el jefe de la asesoría maroeconómica del MEF, el habitualmente sensato Andrés Masoller, agregando que según cómo evolucionen las cuentas públicas se vería la posiblidad de “medidas de ajuste del gasto o de incrementos impositivos”.
Resulta insólito que, en medio de la bonanza y con una recaudación tributaria fabulosa, haya que pensar en algún tipo de “retoque tributario”, pero habida cuenta de la “situación fiscal delicada” (Masoller dixit), el planteo del jerarca del MEF no era descabellado. Pero ardió Troya: los vocacionales del gasto público oficialistas pusieron el grito en el cielo y Masoller tuvo que desdecirse y meter violín en bolsa. Acto seguido, los gastadores compulsivos siguieron evaluando no sólo cómo seguirlo haciendo sino además —en el colmo del delirio— cómo incrementar todavía más ese gasto, eventualmente financiándolo con “impuestos a los ricos” (¿esta gente hace cuentas?). A veces me siento inclinado a pensar que se trata de un caso psiquiátrico antes que ideológico.
¿Y qué ocurrirá de ahora en adelante? En términos generales, es un misterio. Porque todo indica que el gasto no se toca y una eventual mayor recaudación por nuevos “impuestos a los ricos” difícilmente alcance para tapar el agujero fiscal. Eso sí: ya se anunció que nos olvidemos de la rebaja del IVA, así como de la elevación de la franja inferior del IRPF. A ello sumémosle la trampita que se hizo con las tarifas de UTE en diciembre para que el IPC acumulado del 2012 fuera menor; esa avivadilla oficial determina que los salarios públicos hayan sido ajustados en un porcentaje menor del que hubiera resultado sin ese jugueteo astuto. Esto último ayuda también al gobierno a gestionar el déficit.
Pero la nota general es la incertidumbre, agravada en estos días por el destino incierto del equipo del edificio de Colonia y Paraguay. Por las dudas, los analistas económicos han ajustado al alza sus previsiones de déficit fiscal e inflación, según la encuesta de expectativas llevada a cabo por el BCU: en la encuesta de enero se había ubicado la inflación al cierre de 2013 en 7,5%, pero la de febrero la ubica en 8,05% y un déficit de 2,25% del PIB. No es para menos, el IPC de enero fue de 1,9%, la cifra más alta desde 2004.
Contrariamente a lo que señaló el Presidente, el “viento de cola” no se acabó. Por suerte para todos, no lo hizo. Lo que sí se acabó y quedó en cero es el margen del gobierno para seguir jugando con el gasto. Y ese es el punto crucial respecto del cual nadie tiene idea cómo piensa el gobierno resolverlo y éste no ha mandado hasta ahora ninguna señal.
Publicado en "Correo de los Viernes" el 22/02/2013

No hay comentarios:
Publicar un comentario